De Ninguna Manera
¡No querías taza, pues taza y media de G-20!

Ni entre ellos mismos logran entenderse, pero sonríen, se hacen bromas y esgrimen los cuchillos con exquisitas maneras, para intentar diseccionar los escogidos manjares que, una legión de camareros uniformados, se esmeran en poner al alcance de sus bien perfumadas señorías. Una escena propia de un teatro de la ópera, de un Liceo transportable que, unas veces se monta en la veterana Washington D.C, del gran obelisco blanco y la estatua de Lincoln y, en otras ocasiones, se instala en la orgullosa y displicente capital del Imperio Británico, hoy reducido a poco menos que Gibraltar.
Cuando se ha bajado el telón sólo queda detrás de él el triste espectáculo de un escenario muerto, sin divas, divos ni figurantes, en el que sólo flotan, en el frío y húmedo entorno de las poleas, cortinas, decorados y cuerdas, los ecos insonoros del mero recuerdo de una ficción encaminada a satisfacer y entretener a los difuminados ocupantes de las tenebrosas filas de butacas de las plateas y, más arriba, en los anfiteatros, la bulliciosa, entendida y despreocupada comparsa que se mueve al compás que le marcan los comprados miembros de la clac.
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